Escuchando las historias de tantos y tantas, que sufren y que intentamos acompañar, nos preguntamos: ¿Hasta cuándo y hasta dónde va a avanzar esto? Estamos casi a la medianoche, estamos casi en el límite de la historia. ¿Cuánto más va a avanzar de esta manera, o peor?

 

Hemos visto y escuchado que en el tiempo de pandemia, en lugar de disminuir la extracción minera, se ha incrementado, está avanzando. El aumento de los conflictos y las muertes responde exactamente a que estamos llegando al límite. La violencia y la amenaza se exacerba porque estamos contendiendo llegar a este límite.

 

“No hay más tiempo”, nos dice el Papa. Los obispos de América Latina nos dicen, en la carta pastoral ‘Custodios de la Casa común’, que el extractivismo es una desaforada tendencia de este sistema económico para convertir en capital los bienes de la naturaleza. Es otra conversión que necesitamos. Hasta ahora estamos con esta conversión donde se comercializa y financieriza cualquier bien y don. Hemos percibido las alianzas entre empresas y sistemas y están imponiendo una a narrativa que nos dice que no es así, que estamos mejorando, que necesitamos un poco más de tiempo.

 

Callemos para escuchar el grito sofocado y amenazado de la Madre Tierra, tenemos que traerlo como un sujeto. En esta mesa, habla a través de las historias de las comunidades y las familias martirizadas por la minería, que son de verdad.

 

Frente a esto tenemos que decir palabras nuevas. No nos cabe una reparación puntual. No nos cabe un ajuste, nos dice ‘Laudato si”. El Papa nos está diciendo que tenemos que hacer una revolución cultural. Una manera profundamente nueva de pensar. En esta revolución se abre el pedido de disculpas, el reconocimiento de culpas, sobre las formas y las prácticas que siguen aconteciendo en un mismo modelo colonialista, que las seguimos reproduciendo.

 

Nuestros obispos de América Latina nos hablan también de asumir seriamente el Evangelio. Y evangelizar, implica la responsabilidad de cuidar la Creación, la capacidad de responder a estos tiempos con que nuevas formas de cuidado, desde el paradigma de la ecología integral.

 

No hablamos de “un ajuste”, es un cambio profundo lo que necesitamos, una voz que coloca en el centro los derechos de la Madre Tierra y de las comunidades que sufren a causa del extractivismo y de este sistema devorador. Es una revolución que lo repiensa completamente.

 

Es necesario ser atrevidos, soñadores, pero que esto luego se traduzca en caminos. Es necesario dar pasos, vivir estas transiciones, con pasos concretos para llegar con cambios grandes. Y una de estas transiciones es el DERECHO A DECIR NO. El derecho a las comunidades a decidir sobre sus territorios y su vida. Acompañar, defender y respetar el derecho de decir NO y,  conscientes de que puede que esta sea nuestra última esperanza

¿Qué puede hacer a la Iglesia?

 

Necesitamos tener un papel en todo esto. Ser proféticos. Necesitamos dar una palabra, una acción, algo que haga sentido. Y, si no, ¿para qué estamos acá? Si tu palabra no tiene luminosidad, se hecha afuera, nos dice el Evangelio. Necesitamos SER una palabra fuerte, tener luz, ser luminosidad. Como red Iglesias y Minería estamos descubriendo, como iglesias, (no solo católica) que lo que sustenta la defensa de los pueblos, su organización, su resistencia, su defensa: es su espiritualidad, su mística. Esa es su raíz principal a su memoria, a su territorio, a su sentido, es uno de los valores más profundos.

 

Es el encuentro de espiritualidades que nos permiten esta resistencia. Esta es una de las respuestas que tenemos que dar, es una recuperación que tenemos que hacer. Renovar alianzas. Los pueblos nos piden: no nos traicionen. Tienen esperanza a pesar de nuestras contradicciones, tienen confianza en la capacidad que tenemos como iglesias de llegar a varios niveles, la capilaridad.

 

Pero no podemos ser una alianza neutra, no en el centro para mantener el equilibrio. Tenemos que decidir y saber de qué lado estamos, dialogando, pero sabiendo en dónde optamos estar. Los pueblos nos piden estás alianzas. Los pueblos nos piden una alianza, que, como dice Jesucristo y el Evangelio, tiene que empezar de las víctimas.

 

No caer en tentación dice el Padre Nuestro. Tenemos millones de experiencia, de cuántas tentaciones la iglesia ha sufrido porque las empresas quieren que las iglesias sean mediadores de conflictos. ¡Atención! Esta es la seducción, esta es la vigilancia que la Iglesia necesita asumir. La resistencia de los pueblos es nuestra esperanza, tal vez la única, la última.

 

Pensemos y sintamos con las mujeres al pie de la cruz, de pie, de cabeza levantada, sin esta resistencia no habría resurrección. La resistencia de los pueblos que permanece de pie es nuestra esperanza y por eso tenemos a acompañar y estar ahí.

 

Resistencia es reexistencia, una nueva manera de existir. Agarrarse a lo esencial, reaprender a vivir, a existir.

 

 

Fuente: www.vidanuevadigital.com